NO HAY PUNTO DE VENTA. Con salchicha doble: un caso de la vida real.

Cuando Roberto comenzó en el negocio de las hamburguesas, por allá por 2012, costaban poco más de 60 bolívares. En aquel entonces los billetes que más usaba eran los de 50, 20, 10 y 5 bolívares. También recibía monedas y por supuesto los célebres “cestatiques”. Solo eventualmente recibía billetes de 100, los cuales odiaba a comienzo de la jornada diaria, pues lo dejaban sin sencillo para los vueltos, pero al final los amaba, cuando le facilitaban el cierre de caja y el traslado de lo hecho en el día.

Nunca le pasó por la cabeza usar un punto de venta. Una noche un cliente que andaba sin plata se lo sugirió, aunque más en broma que en serio. De hecho, la sola idea le pareció estrambótica.

Hoy día, cinco años después, Roberto no recuerda la última vez que vio un billete de 2 o de 5, no acepta cuando le llegan de 10 o de 20, y odia los de 50. De los viejos billetes el de 100 es el único que ve con regularidad y los acepta “hasta nuevo aviso”, aunque cree que “al gobierno ya se le olvidó que los había eliminado”. Los del nuevo cono monetario le gustan, aunque le parecen confusos, pues son igualitos a los de antes. Pero el problema que le preocupa no es ese: es que casi nadie los tiene, pues sacar plata de un cajero se ha vuelto un viacrucis, y cuando la gente carga, solo los suelta por razones muy muy grandes.

De los billetes del nuevo cono los que más llegan a sus manos son los de 1.000. Hace cinco años hubiese sido una locura: con mil bolívares se compraban unas 16 hamburguesas. Ahora la locura es otra, casi la inversa: para comprar una hamburguesa normalita hacen faltan 20 billetes de mil. Y si le sumamos los refrescos serían unos 25. Si el comensal quiere un perrito para acompañar, pueden ser 30. Cuando comenzó su negocio esa cifra podía ser el ingreso bruto de más de 10 días continuos de trabajo. Hoy es lo que paga cualquiera en una sentada. Una parejita lo suficientemente hambrienta puede dejar en una sentada lo que antes le ingresaba en todo un mes.

Es por esta razón que el punto de venta que hace unos años le parecía una excentricidad, ahora es un asunto vital para su negocio. En la medida en que pocos clientes cuentan con efectivo, pero además, hay que cargar tantos billetes para realizar una compra que muchas ventas sin punto se ven frustradas. Adicionalmente, para Roberto se trata de un asunto de seguridad: andar con tanta plata por ahí ‒sobre todo de noche‒ más allá de lo incómodo, es una invitación a la desgracia.

Al principio Roberto pensó que el procedimiento para el punto sería más o menos sencillo. ¡Qué equivocado estaba! Ya tiene alrededor de un año peregrinando en bancos solicitando le sea asignado un punto de venta. El tema es que, una vez superada la barrera de los requisitos, ha tenido que enfrentarse con la de escasez de los susodichos aparatos, pues resulta que “son importados” y el gobierno no le ha asignado divisas al banco para que los traiga. Roberto no entiende cómo un banco que dice ser el más grande y sólido del país, no puede importar un perolito para pagar porque el gobierno no le da el dinero. Pero bueno. A su incredulidad se suma la arrechera cuando un empleado del banco lo llama para decirle que en realidad sí hay, pero que debe pagarlos en efectivo y bajo acuerdo. “Es como pagar un rescate” le cuenta a un amigo, “resulta que sí hay, pero hay que darle pa los frescos a un tipo”.

No queriendo ser víctima de la corrupción, Roberto lo intenta por otros lados. Pero no hay vuelta qué darle, es lo mismo. Mientras tanto, se ha visto forzado a alquilar el punto de un chino en una tienda, quien le cobra 10% de comisión por cada pasada y un adicional si en vez de débito la tarjeta es de crédito. Un absurdo, pues resulta que ahora está trabajando para pagar el punto.

Ya al borde de la desesperación, cansado de luchar para conseguir el pan cuando no las salchichas, de tener que lidiar con el jamón en 60 mil el kilo y el cartón de huevos a 40 mil, consiguió lo que parecía una luz al final del túnel. Un conocido lo conecta con alguien en un banco público, que le dice que la alternativa es contactarlo con una empresa privada proveedora que se lo puede vender legalmente y sin tener que pagarle comisión a nadie. Ya le había advertido que de todos modos podía salirle caro, pues la empresa importa los puntos con divisas “propias”. Esperando lo mejor, pero alistado para lo peor, Roberto va a la cita y queda frío: debe pagar 8 millones de bolívares para que le den el punto.

Decepcionado y arrecho decide no pagar nada y ver cómo hace. Pero entonces resulta que ya no puede seguir usando el punto alquilado, y por lo tanto, sus ventas caen vertiginosamente. Los tres empleados que tiene están tan asustados como él, sobre todo considerando que viene diciembre y hay que pagar utilidades, etc. De tal suerte, luego de pensarlo y consultarlo, resignado, decide comprar el punto –“¿qué coño vas a hacer?”, le dijo su esposa‒. Dos semanas después, contacta de nuevo al tipo de la empresa, solo para enterarse de que ya no vale 8 sino 15 millones. “Es el dólar today” ‒le dijo el tipo‒ sabes cómo es, de las elecciones para acá vale el triple”. “Pero tranquilo, pues nosotros llegamos a un acuerdo con los bancos y resulta que ellos te pueden dar un crédito y te lo llevas”.

Fue así como Roberto terminó su odisea sentado frente a un ejecutivo de cuenta de banco, asumiendo un crédito por 15 millones para comprar el punto. Mentalmente saca la cuenta y piensa que ya no debe trabajar para el chino sino para el banco. “Ahora tengo que calarme este perro con salchicha doble”, se dijo a sí mismo. Por no dejar, le pregunta al ejecutivo: “¿qué tan legal es eso?, pues hasta donde sé está prohibido vender cosas tomando como referencia el paralelo”. El ejecutivo levanta la vista de los papeles que está revisando y solo alcanza a sonreírle con cara de “tú sí eres güevón”.

 

15 y Ultimo.

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